¿Recordáis esos culebrones míticos en los que uno de los dos es rico y el otro pobre y hay un malo malísimo? Bienvenidos a Maxton Hall, su versión adolescente.
Ruby Bell es una estudiante becada en el prestigioso colegio Maxton Hall. Su objetivo es conseguir una plaza en la universidad de Oxford y su estrategia es pasar desapercibida entre las élites que dominan el centro.
Su madre trabaja en una panadería local, su padre está en silla de ruedas debido a un accidente y su hermana sueña con ser diseñadora de moda. Son una familia humilde que está muy unida.
Además, tiene dos amigos Lin y Kieran, con los que forma parte del comité de eventos de la escuela
James Beaufort es el capitán del equipo de lacrosse y muy popular. Desciende de una saga de empresarios de moda de lujo y sus progenitores, con los que mantiene una complicada relación, han puesto grandes expectativas en él.
Su principal apoyo es su gemela Lydia, mucho más interesada en la compañía que él, pero a la que han apartado de la gestión tras protagonizar un escándalo.
Cuando Ruby descubre, por casualidad, el secreto de Lydia su hermano hará lo que sea por protegerla. Sin embargo, lo que empieza como una animadversión entre James y Ruby se acaba convirtiendo, al conocerse, en una historia de amor.
Ahora nos falta el villano, ¿verdad? Mortimer, el padre de James, asume ese papel, aunque cuesta incluso entender el por qué de tanto odio hacia la pareja.
Con dos temporadas de seis capítulos cada una, el 9 de diciembre estrenan la tanda final. Engancha y sus protagonistas tienen mucha química, pero a veces fuerzan demasiado sus expresiones faciales.
Aún deben solucionar la falsa acusación que pesa sobre Ruby y que pone en jaque su futuro, la herencia que les ha dejado a James y Lydia su madre, el secreto que esconde el chófer...
Echo de menos más peso de los secundarios. Por ejemplo, me gustó especialmente la fiesta de pijamas que organizan las chicas en la segunda temporada y que aligera la carga dramática.
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